La ley antitabaco que entró en vigor a principios de 2006 supuso un antes y un después para el consumo de tabaco en lugares públicos. Espacios cerrados como lugares de trabajo o establecimientos de hostelería pasaron a ser zonas libres de humo de la noche a la mañana pese a que, durante décadas, fumar en ellos había sido lo que muchos entendían entonces por “lo normal”, como valoramos ahora con el prisma del paso del tiempo.
Por aquel entonces, millones de personas se habían acostumbrado, por gusto o a su pesar, a ser fumadores activos o pasivos en estos espacios. María de los Ángeles, que aún recuerda los tiempos en los que el médico de cabecera apuraba su cigarrillo en la misma consulta en la que atendía a los pacientes, explica a RTVE Noticias 20 años después, que habría agradecido este cambio legislativo cuando sus hijas eran pequeñas, en la década de los ochenta, para que no hubiesen tenido que “tragarse el humo” en todas partes.
Ella celebró el cambio, porque ahora “la comida te sabe a comida y no a humo”, al igual que Nuria, a la que la ley le pilló en su época universitaria. En su caso, recuerda lo “extraño” que fue regresar de las vacaciones navideñas en enero de 2006 y que la cafetería de la facultad, habitual zona de asueto entre estudiantes, no oliese a tabaco, ya con un cartel que advertía de que fumar estaba prohibido.
Sin embargo, la desaparición del tabaco en la hostelería no fue total para atender en un primer momento a las quejas de un sector temeroso de posibles contratiempos económicos. Los bares y restaurantes de menos de 100 metros cuadrados podían permitir su consumo y a los establecimientos de mayor tamaño se les concedió la potestad de establecer zonas reservadas, una suerte de cubículos que no desaparecerían del todo hasta cinco años más tarde.
Adiós al humo y a jugar a fumar
Nuria forma parte de una generación que comió e incluso jugó con cigarrillos de chocolate durante la infancia, uno de los numerosos ejemplos de que el tabaco no estaba ni mucho menos mal visto, pese a que nunca faltaron evidencias científicas de sus efectos dañinos. De hecho, no fue hasta la ley aprobada en 2005 cuando desaparecieron del todo del mercado estos cigarrillos de chocolate: “Se prohíbe la venta de dulces, refrigerios, juguetes y otros objetos que tengan forma de productos del tabaco y puedan resultar atractivos para los menores”, reza la histórica norma.
Entrada en vigor de la ley antitabaco de 2005 en un bar de Bilbao EFE/LUIS TEJIDO
Los adolescentes y veinteañeros de entonces ya no tenían que dejar la ropa fuera de la habitación al llegar a casa si no querían amanecer con el ambiente ahumado de la discoteca de la noche anterior, ni revisar sus prendas en busca de agujeros tras compartir espacio de baile con los cigarrillos. “La gente bailaba con el cigarrillo encendido y te abrasaba”, responde otra antigua veinteañera, Sara, al ser preguntada por sus propias vivencias.
Y en el trabajo, más de lo mismo. Varias de las personas consultadas rememoran entre bromas y estupefacción cuando sus profesores y médicos fumaban en clase y en consulta, pero sin remontarse a estos ejemplos no es difícil encontrar a gente dispuesta a recordar anécdotas de trabajo en las que el humo formaba parte del paisaje, sobre todo en sitios de oficina cerrados. A Nuria ahora hasta le “agobia” ver el consumo constante de tabaco en la serie ‘Anatomía de un Instante’, sea en despachos o en el Congreso de los Diputados.
La opinión de los fumadores
Entre los no fumadores, el veredicto es unánime, pero ¿cómo vivieron la transición quienes sí consumen o han consumido tabaco? “No hay color, y te lo digo yo que soy fumadora”, sentencia Magdalena, que da por enterrado “el olor de tabaco que sacabas de discotecas, bares y restaurantes”. “Lo de las bodas era terrible, porque encima ahí se fumaban puros”, añade, aludiendo a uno de los contextos donde tradicionalmente los cigarros se veían incluso como un regalo.
Que fuese lo correcto, sin embargo, no quiere decir que fuera sencillo. Joaquín, que ya ha dejado atrás el hábito, admite que al principio “echaba de menos fumar mientras te tomabas el café” o en estaciones de tren o aeropuertos, donde “se hacía largo por las horas de espera”. En el trabajo se le hizo especialmente difícil, ya que “te sentías violento por viajar a la calle” mientras otros compañeros seguía en la oficina.
Ahora, ya sin fumar, “me doy cuenta de lo que molestábamos”, confiesa.
Los retos pendientes para las generaciones futuras
Una nueva generación está creciendo ajena a estas realidades, pese a que el debate sobre las zonas sin humo sigue siendo una constante. En las terrazas de bares y restaurantes todavía está permitido fumar y las autoridades deben responder a la aparición de nuevas herramientas como los ‘vapers’, una puerta de entrada al tabaquismo para los menores de edad.
Legislaciones aparte, la Encuesta de Salud elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) muestra un notable descenso del tabaquismo en las últimas dos décadas. Si en la de 2003 un 34,15% de los hombres y un 22,39% de las mujeres se confesaban consumidores diarios de tabaco, los datos de 2023 rebajaban ambos datos al 20,2% y el 13,3%, respectivamente.
El Ministerio de Sanidad estima en su Plan Nacional de Prevención y Control del Tabaquismo 2024-2027 que el tabaco aún causa cerca de 50.000 muertes al año. Su consumo está asociado con males como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), el cáncer de pulmón, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes.
