Ya desde la autopista, cuando el coche se dirige hacia las laderas de Collserola, aparecen los primeros carteles luminosos. “Atención: Peste Porcina Africana”. El mensaje parpadea como un aviso de frontera y marca la entrada a un parque natural sometido a un dispositivo excepcional. A pocos metros del acceso a Can Coll, en el término municipal de Cerdanyola, la Unidad Militar de Emergencias (UME) ha levantado uno de sus tres mayores centros de desinfección para erradicar la transmisión de la Peste Porcina Africana (PPA). Un operativo que, desde el viernes al saltar la noticia, hace justo una semana, transformó la rutina de vecinos, caminantes y restauradores en un ensayo cotidiano de emergencia.

Punto de desinfección principal de la UME, el más grande del operativo desplegado ante el brote de peste porcina africana en la zona de Collserola. Foto: Zowy Voeten / El Periódico / Zowy Voeten / EPC
A apenas unos metros del cordón, el restaurante de Can Coll intenta mantener la normalidad. Su encargado, Xavi Vila, observa cómo la vida del local se encoge un poco más cada día. “Vivimos solo de expectativas, sin saber muy bien lo que puede pasar dentro de unos días”, explica, con la barra medio vacía a su espalda. “La gente no puede bajar de la montaña hacia aquí, ni nosotros hacia allá, salvo ciclistas o caminantes. Y aun así, todo va cambiando día a día”.
El restaurante, refugio habitual de jubilados que suben a caminar, de ciclistas que coronan la cima y de familias que van a buscar el tió en esta época, nota el golpe. “Un domingo normal hago 200 almuerzos. El pasado domingo, muchos menos, igual 40. Además, tenía 70 o 80 comidas de ciclistas y vinieron cinco”. Los grupos que tenían reservada la popular jornada del ‘Tió también han cancelado. Una mesa de 18 anulada por la mañana. Otra de siete suspendida para el día 17. “Lo notaremos. Si no pueden venir a este bosque a buscar el tió, lo harán en otro sitio”, dice resignado.

Punto de desinfección principal de la UME, el más grande del operativo desplegado ante el brote de peste porcina africana en la zona de Collserola. Foto: Zowy Voeten / El Periódico / Zowy Voeten / EPC
Mientras Xavi recoge las mesas, algún miembro de la UME entra rápido a por un café. “Siempre vienen a tomar algo”, precisa el encargado. Para ellos han fijado precios especiales. “Están haciendo un buen trabajo y nos hacen sentir cómodos”. En un ambiente extraño, el restaurante se ha convertido en punto intermedio entre el operativo militar y una nueva cotidianidad que no saben cuánto se alargará.
“El patio está al lado del bosque”
A menos de diez minutos a pie, tras una curva y un sendero de tierra, la escuela Flor de Maig de Cerdanyola del Vallès continúa funcionando sin recibir directrices específicas. Marta Coligarcia, maestra y vecina de Ripollet de 29 años, y su compañera Xènia Doñate, de Sabadell y de 30 años, viven esta cercanía con inquietud. “Trabajamos en una escuela rodeada de bosque. Los niños desayunan en el patio, que es literalmente tierra. Y no hemos recibido ninguna indicación”, explica Marta. El dispositivo militar lo ven cada día, a escasos metros. Pero no ha habido protocolos nuevos, ni instrucciones del ayuntamiento. “Preguntamos y nos dijeron que siguiéramos los consejos generales que les habían dado a ellos”, añade Xènia.

Cerdanyola del Vallès, 04/12/2025. SOCIEDAD. Marta Culí, de 29 años, y Xènia Delgado, de 30, maestras de educación especial que trabajan cerca de la zona afectada, pasan junto al punto de desinfección principal de la UME, el más grande del operativo desplegado ante el brote de peste porcina africana en Collserola. Foto: Zowy Voeten / El Periódico / Zowy Voeten / EPC
Los alumnos, en este caso un centro de educación especial, comentan lo que han visto en las noticias o los coches de los equipos de emergencia. Pero la mayor parte no alcanza a comprender la situación. “Sorprende que, con todo esto aquí al lado, la vida siga exactamente igual”, reconoce Marta.
Por su parte, Francesc Ledra, de 54 años, lo mira desde otra perspectiva, la de quien lleva años paseando por Collserola con su pareja y ha sido testigo directo de una sobrepoblación de jabalís que, según él, ya anunciaba problemas. “Era una situación desbordada. Los jabalís estaban por todas partes. Pasaban por la carretera y tenías que parar. Hacía años que se veía venir”, afirma. Y teme especialmente las consecuencias económicas: “Es preocupante para el sector. Después de tantos años sin problemas, encontrarnos ahora con esta situación será un golpe duro, sobre todo para la exportación”.

Francesc Ledera, vecino de la zona afectada, observa el dispositivo instalado junto al punto de desinfección principal de la UME, el más grande del operativo desplegado ante el brote de peste porcina africana en Collserola. Foto: Zowy Voeten / El Periódico / Zowy Voeten / EPC
Todos los testimonios, recabados en distintos puntos del parque y sus accesos, coinciden en un lamento: nadie sabe cuánto durará este paréntesis ni qué impacto tendrá finalmente. La Peste Porcina Africana no afecta a los humanos, pero sí altera substancialmente las vidas de quienes viven o trabajan cerca de un brote. Y ya ha cambiado el pulso de Collserola, donde el monte, las escuelas, los negocios y la gestión pública están muy entrelazados.
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